Entradas

, , , ,

¿Por qué no aprendo?

Buenos días! Hoy quería compartir esta noticia que me ha llamado mucho la atención. Me ha parecido muy interesante ya que es algo que, en mi día a día en mi experiencia acompañando a personas, veo en muchas ocasiones.

Parece ser que la impulsividad reduce las posibilidades de aprender de las experiencias ocurridas. Las adicciones así como los trastornos de la personalidad son un perfecto ejemplo de esta dificultad de aprendizaje. Por lo tanto, tareas como la toma de decisiones o la gestión emocional, las cuales necesitan del procesamiento de estímulos, el recuerdo e integración de experiencias anteriores, predicción de consecuencias,etc.; se encontrarán seriamente afectadas en personas que se caracterizan por una alta impulsividad. En la mayoría de situaciones siempre prevalecerá lo inmediato.

Esta noticia me ha llevado a pensar en que la sociedad actual no favorece para nada la gestión de los impulsos. Cada vez es todo mucho más rápido e inmediato, haciendo muy difícil demorar la recompensa. Por ello depende de nosotros encontrar la manera de retarnos, de poder parar el ritmo frenético, de tomar conciencia de nuesteo cuerpo y nuestra mente y de aprender a tomarnos nuestro tiempo para disfrutar las cosas, tiempo para tomar decisiones equilibradas, para escucharnos y para gestionar nuestras emociones. Sólo así podremos sentirnos más equilibrados y aumentaremos nuestro bienestar.

Lo importante es que siempre que se quiera, poniendo constancia y conciencia, el cerebro puede aprender en mayor o menor medida a gestionar los impulsos, a equilibrar las emociones y a poder estar situados en un mejor coloque para tomar mejores decisiones.

Os dejo esta noticia de psyciencia para que podáis reflexionar al respecto.

, , , ,

¿Y si escuchamos al miedo?

“El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son”. 

Tito Livio, historiador romano.

¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Inevitable, ¿verdad? El miedo es una emoción de las consideradas primarias, de esas que nos acompañan desde tiempos inmemoriales. Es de esas emociones que nos ayudan a sobrevivir, previniendo y huyendo de los peligros. Por lo tanto es una emoción totalmente necesaria e imprescindible para la evolución del ser humano. El problema del miedo no reside en él, sino en la interpretación que los seres humanos hacemos del propio miedo y de sus síntomas físicos, de la evaluación de los estímulos externos y/o internos como peligrosos y de los conceptos y teorías que formamos alrededor de él.

Las sensaciones físicas y su interpretación

Desde que nacemos utilizamos las sensaciones físicas para relacionarnos con el mundo que nos rodea y con nosotros mismos. Tenemos muy pocas distinciones, hasta el punto de poder reducirlas a cuatro: placer/displacer y calma/agitación. Para que se dé una emoción dos cosas han de pasar como mínimo:

  • Hemos de identificar algo en el mundo (interno o externo).
  • Reconocer esa experiencia en nuestro cuerpo, es decir, experimentar las sensaciones físicas que ello provoca en nosotros.

Posteriormente, un paso también importante será tener sensaciones a cerca de nuestras propias sensaciones. Ello tendrá el objetivo de que determinada conducta se repita, como por ejemplo comer. Cuando experimentamos la sensación física de hambre, el siguiente paso lógico será tener una sensación al respecto de esa sensación física, por ejemplo desagradable.  Sólo así nos moveremos hacia conseguir comida. Además añadimos más sensaciones, ya que al comer algo que está bueno, desarrollamos también la sensación de gustoso, agradable, etc.; que aumentará la probabilidad de comer en un futuro cuando experimentemos la sensación de hambre.

¿Es posible que construyamos nuestras emociones?

Si os fijáis en el ejemplo anterior, es algo que hacemos casi automáticamente. Aunque, si nos tomamos un tiempo para diseccionarlo, se puede ver toda una cadena donde interpretamos, conceptualizamos y conectamos sensaciones físicas a determinados estímulos, recordando experiencias pasadas y estímulos anteriores parecidos. También imaginamos diferentes posibilidades y probabilidades, generando diferentes emociones al respecto.

Las emociones parece que aparecen así de la nada, pero siempre hay un proceso, por rápido y automático que parezca, de construcción y de creación de la emoción. Para generar una emoción nuestro cerebro tira de experiencias y asociaciones pasadas, de conceptos e incluso de la probabilidad. Como tal, por lo tanto, el miedo también es algo que creamos. Asociamos sensaciones físicas a estímulos, generamos etiquetas y conceptos, establecemos relaciones a veces erróneas de causa-efecto (cuando en ocasiones sólo hay correlación), recordamos experiencias pasadas similares y predecimos en base ellas. Por supuesto también imaginamos miles de posibilidades cada cual peor y más catastrófica.

¿Podemos ser conscientes de ese proceso de construcción?

Si nos paramos a escuchar, generalmente no estamos reaccionando a la situación, si no que reaccionamos a la interpretación de  la situación, a la construcción que hemos hecho. La situación simplemente ES, y si nos paramos a describirla, sin juzgarla, sin atender de momento a toda esa construcción que hemos realizado, la intensidad del miedo se reduce considerablemente, así como la sensación de parálisis, bloqueo o ganas de huir. Si intentamos ver aquello a lo que estamos reaccionando en términos descriptivos y analizamos qué es lo que requiere esa situación de mí, todo es mucho más sencillo.

Lo que el miedo nos quiere decir

El miedo que no responde a un peligro real para la supervivencia, simplemente me está informando de varios aspectos:

  1. Aquello hacia lo que estoy reaccionando es nuevo y nunca lo he hecho o experimentado, así que quizá requiera de mí unos recursos que creo que no tengo o que, efectivamente, no tengo todavía desarrollados.
  2. Es similar a algo que ya me ha pasado anteriormente y sobre lo que no tengo un buen recuerdo.
  3. Puede tener consecuencias negativas si no se desarrolla efectivamente.
¿Qué hacer ante esto?
  • Primero de todo es ser conscientes de a qué estamos reaccionando, qué mensaje se esconde detrás de mi emoción de miedo. Profundizar en el verdadero origen de mi miedo, hablar con él y escucharlo.
  • En segundo lugar, analizar qué estoy haciendo yo activamente para construir ese miedo intenso a algo que, aparentemente, no es una amenaza para mi supervivencia. Qué lenguaje estoy utilizando, qué asociaciones estoy haciendo y qué etiquetas y conceptos estoy utilizando. Es útil percibir cómo estoy interpretando mis señales físicas y averiguar si habría otra manera de hacerlo. Importante también atender a qué estoy imaginando.
  • Analizar qué recursos requiere de mí esta nueva situación. Si realmente los tengo, no hay de qué preocuparse. Por el contrario, si no los tengo, siempre puedo ponerme a trabajar para desarrollarlos.
  • Diseccionar aquello ante lo que estamos reaccionando en partes pequeñas y empezar a trabajar en aquella parte que menos miedo me genera. Ir andando pasos medibles, pequeños y lo más seguros posible. De esta manera iremos ganando confianza y recursos que nos permitirán ir avanzando.
  • Reflexionar sobre qué expectativas, presiones y exigencias me estoy autoimponiendo. A veces queremos que algo salga perfecto desde el primer momento o queremos resultados rápidos, tener todos los recursos ya adquiridos. Rebajar todo esto hace que sea mucho más fácil emprender la tarea.
  • ¿Quizá estoy asociando la no consecución de mi objetivo con el fracaso? Si es así, trabajar en qué aspectos puedo yo hacer activamente para aumentar la probabilidad de que mi objetivo sea llevado a cabo. Trabajar en aquello que si depende de ti. Recuerda que cuando algo no sale como esperábamos, no es una derrota. Siempre hay un aprendizaje detrás.
  • Si, efectivamente, la no consecución de un objetivo o meta puede llevar a consecuencias negativas, está bien tenerlas en cuenta y revisar qué opciones puedo tener en caso de que no consiga mi objetivo. ¿Es esa consecuencia tan grave como para no poder solucionarse si hago algo activamente? Si la respuesta es “no, no es tan grave. Tengo opciones.”, entonces vale la pena seguir adelante. Pero ¡cuidado!, si la respuesta es “sí, es grave y además no depende sólo de lo que yo pueda hacer.”, quizá sea un buen momento para replantear el objetivo, quizá no para abandonar, pero sí para re elaborarlo de una manera más ecológica, reduciendo las consecuencias negativas.
¿Puede el miedo ayudarnos?

Recordemos que el miedo es sabio y hace un gran trabajo: nos avisa de todo aquello que podría salir mal, no para que nos bloqueemos sino para que investiguemos, analicemos, describamos, creemos alternativas, inventemos, actuemos, prevengamos, desarrollemos nuevas aptitudes y actitudes y, sobre todo, para que crezcamos como personas.

El miedo sólo quiere ayudarnos a activarnos y tomar la mejor decisión posible para nosotros. Dicen que todo lo que siempre hemos querido está al otro lado del miedo. Cuando algo es importante para nosotros, ¡claro que aparece el miedo! Hagámosle nuestro amigo, nuestro aliado y pepito grillo, pero no le demos más peso del que realmente tiene. Al miedo, como buen especialista en riesgos, le gusta ser tremendista y catastrófico, es experto en generar miles de posibilidades nefastas. Está bien, quedémonos con aquello que nos es útil, con lo que tiene mayores probabilidades de ocurrir y a partir de ahí preguntémonos: “¿Qué puedo hacer yo activamente para reducir mi miedo?”.

¿Se debe eliminar el miedo?

Si os dais cuenta, en ningún caso hablamos de eliminar el miedo, sino de reducirlo hasta tal punto que me permita seguir caminando hacia lo que es importante para mí. NUNCA debemos eliminar el miedo, es un buen consejero, pero sí es interesante y necesario aprender a modularlo, convivir con él y, como buen consejero, quedarnos con aquello que nos sirve y desechar lo que no.

Como dijo Nelson Mandela “la persona valiente no es aquella que no tiene miedo, sino la que consigue conquistarlo”. Me gusta mucho la frase “hazlo, y si te da miedo hazlo con miedo”, aunque yo puntualizaría que si tienes miedo de hacer algo que es importante para ti, primero para, escucha, deconstruye, construye, reconduce y empieza por el primer y más pequeño paso posible. Seguramente si es importante lo harás con miedo, pero con uno manejable.

¿Te atreves a emocionARTE?