, , , , , , , ,

La presencia del agradecimiento

“Sé agradecido por lo que ya tienes mientras persigues tus objetivos. Si no estás agradecido por lo que ya tienes, ¿qué te hace pensar que serás feliz con más?” Roy T. Bennett.

El agradecimiento, ese maestro de vida

Hoy hablaremos de una actitud muy importante, desde mi punto de vista. El agradecimiento es un estado mental y emocional, que se traduce normalmente en el acto de dar las gracias, ya sea en voz alta o en silencio (para cada uno). Este acto tan sencillo y a la vez tan complicado de realizar con constancia, nos sitúa desde la humildad y la honestidad. No permite reconocer y valorar positivamente aquello que tenemos e incluso aquello que ya no tenemos pero tuvimos la suerte de tener. Nos permite aprender de todo lo vivido y agradecer cada una de las experiencias que vivimos, ya que son transformadoras. 

Cuando agradecemos tomamos conciencia, nos engrandecemos, nos liberamos, nos centramos en el amor y sobre todo en el momento presente.  En el agradecimiento no existen reproches, comparaciones, frustraciones ni envidias. Cuando nos situamos desde el agradecimiento conseguimos cambiar nuestro foco de atención de los aspectos desagradables a aquellos agradables que hay en nuestra vida. Cuando conseguimos cambiar el foco de atención, nuestra realidad se transforma.

Esta práctica nos permite estar atentos a las cosas buenas que nos pasan a lo largo del día, por pequeñas que sean. Cuando nos situamos desde ese estado de agradecimiento somos capaces de agradecer cualquier pequeña gran cosa. Como todo en la vida supone un entrenamiento y una constancia que, finalmente, se convierte en un automatismo. Podemos entrenar varias formas de agradecimiento:

  • Aceptación y valoración de nuestras experiencias (agradecimiento a al vida).
  • Agradecimiento a los otros.
  • Focalización en el autoagradecimiento.

Beneficios del agradecimiento

Se ha demostrado que poner en práctica la gratitud todos los días aumenta significativamente la felicidad y la salud física. Practicar la gratitud ayuda a dormir mejor, estimula la inmunidad y disminuye el riesgo de contraer enfermedades. ¿Qué más beneficios puede reportarnos estas agradecidos? Podemos mencionar algunos de los siguientes: 

  1. Nos sitúa en un mejor coloque para afrontar el día a día.
  2. Nos ancla al presente y nos permite afrontar los retos futuros con una mejor energía y predisposición.
  3. El autoagradecimiento refuerza y aumenta nuestra autoestima.
  4. Nos permite disfrutar de las cosas que ya tenemos, aprender de las experiencias pasadas y proyectarnos con mayor ilusión en el futuro.
  5. Nos ayuda a valorar más positivamente a las personas que tenemos alrededor.
  6. Aumenta los niveles de felicidad, incrementando la sensación de bienestar.
  7. Apertura mental y emocional hacia el mundo y hacia los otros.
  8. Reducción del miedo, frustración y el resentimiento.
  9. Aumenta la empatía y mejora nuestras relaciones, ya que nos aleja del ego y nos conecta con nosotros mismos, con la vida y con los otros.
  10. Cambia la frecuencia vibratoria de nuestro organismo: somos entre un 60% y un 80% agua. Según los estudios del del científico Japonés Masuto Emoto, se pudo comprobar como las palabras y menajes que decimos y pensamos influyen negativa o positivamente en la estructura molecular del agua. Conforme más practiques el agradecimiento, más cambios habrá en tu manera de pensar y sentir, reflejándose en cambios estructurales en el agua de tu cuerpo. Estos cambios harán que vibres en una frecuencia más alta y positiva, acorde con un mayor bienestar y un mejor coloque inicial para afrontar cualquier aspecto de tu vida.
  11. Aumenta nuestra capacidad de resiliencia, que es esa capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente, etc.

¿Por qué nos cuesta en general agradecer?

De manera general, el ser humano está más preparado biológicamente para estar alerta y atento a los aspectos negativos o desagradables, como método de supervivencia. Es por ello que nos resulta más difícil focalizarnos en lo positivo o agradable que tenemos y/o nos pasa. Pero con un poco de conciencia y práctica, se puede conseguir y verás como cada vez sale más automático.

 

Incluso así, si investigas un poco, verás que en culturas que solemos mal llamar “subdesarolladas”, tienen una mayor cultura del agradecimiento. Agradecen a la tierra y al mundo por todo lo que les da, tienen incluso rituales de agradecimiento, agradecen lo poco que tienen para vivir y están bastante más conectados con sus emociones y su cuerpo de lo que podemos estar en occidente. Podríamos pensar desde nuestra cultura capitalista, que la gente que menos tiene deberían ser más infelices que nosotros.

Desde mi humilde opinión, creo que la sociedad que tenemos ahora tampoco nos garantiza una felicidad. Basta mirar el aumento de casos de insatisfacción, sufrimiento, ansiedad, depresión, infelicidad, número de suicidios y problemas de salud mental en general. Porque el agradecer y la capacidad de sentir felicidad no van unidos a mayores riquezas, sino a cómo vivimos y disfrutamos aquello que tenemos.

¿Cómo aumentar nuestra capacidad de agradecer?

A pesar de nuestra biología, podemos aprender a ser agradecidos. Con unos sencillos pasos puedes aumentar tu conciencia y tu predisposición hacia el agradecimiento. ¿Cómo hacerlo? Puedes empezar por alguna de estas tareas tan fáciles y sencillas:

  • Lleva un diario de gratitud: Escribe en un diario de gratitud todos los días. Haz notas rápidas.  Cualquier pensamiento o acción positiva cuenta, no importa lo pequeño que sea.
  • Usa señales de gratitud: Cualquier nuevo hábito necesita recordatorios, y las señales son una gran manera de seguir en camino. Utiliza fotos de momentos agradables, de personas que quieres, logros conseguidos, etc. Utiliza esas señales en los sitios donde más falta te hagan.
  • Guardar un momento para ser agradecido: Si escribir te da más pereza, puedes guardarte un momento al día para agradecer. Por ejemplo, puedes guardarte 5 minutos antes de acostarte o nada más levantarte.
  • Alarmas de gratitud: ponte alarmas distribuidas a lo largo del día, donde te recuerdes que ha llegado un momento de focalizar en el presente y preguntarte qué está pasando en este momento por lo que pueda ser agradecido.
  • Utilizar, valorar y disfrutar aquellas cosas que ya tienes: Reducir el número de nuevas adquisisiones y disfrutar de aquellas que ya compraste o tienes y no utilizas o ni sabías que tenías. Focalizarnos en adquirir siempre más cosas nos aleja de ese estar bien con lo que ya tengo. Eso no significa que o podamos aspirar a nuevas cosas, sólo que le añadiremos un poco de conciencia y aprenderemos a ser felices desde dentro y no desde fuera.
  • Comienza por ti mismo: Sé consciente de tus potencialidades, de lo que ya haces bien, de la cantidad de cosas que tu cuerpo y tu mente hacen a diario. Agradece a tu cuerpo su propio funcionamiento, agradece tus potencialidades y mira cómo éstas pueden ayudarte a desarrollar futuros proyectos.

Haz del agradecimiento tu compañero de viaje

La meta de estos ejercicios es pasar de pensar en la gratitud ocasionalmente a hacerlo en forma automática. Con el tiempo, reducirás tu umbral de gratitud y estarás agradecido por las pequeñas cosas, y aprenderás a poner un poco de gratitud a lo largo del día.

Te animo a que encuentres aunque sea una sola cosa por la que estar agradecido cada día. Poco a poco irás entrenando a tu mente a cambiar el foco para poder inclinarse también a ver las cosas positivas y agradables que nos pasan cada día. Podrás vivir más presente, aceptando, disfrutando y aprendiendo de todo aquello que la vida nos da, lo que ya tenemos y lo que somos.

Viajar con el agradecimiento como compañero no evitará que te ocurran imprevistos o incluso cosas desagradables, pero sí te permitirá vivirlas con un nuevo enfoque. Estando más presente podrás evaluar las cosas de otra manera y, por lo tanto, solucionarlas más efectivamente.

 

 

, , , ,

¿Y si escuchamos al miedo?

“El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son”. 

Tito Livio, historiador romano.

¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Inevitable, ¿verdad? El miedo es una emoción de las consideradas primarias, de esas que nos acompañan desde tiempos inmemoriales. Es de esas emociones que nos ayudan a sobrevivir, previniendo y huyendo de los peligros. Por lo tanto es una emoción totalmente necesaria e imprescindible para la evolución del ser humano. El problema del miedo no reside en él, sino en la interpretación que los seres humanos hacemos del propio miedo y de sus síntomas físicos, de la evaluación de los estímulos externos y/o internos como peligrosos y de los conceptos y teorías que formamos alrededor de él.

Las sensaciones físicas y su interpretación

Desde que nacemos utilizamos las sensaciones físicas para relacionarnos con el mundo que nos rodea y con nosotros mismos. Tenemos muy pocas distinciones, hasta el punto de poder reducirlas a cuatro: placer/displacer y calma/agitación. Para que se dé una emoción dos cosas han de pasar como mínimo:

  • Hemos de identificar algo en el mundo (interno o externo).
  • Reconocer esa experiencia en nuestro cuerpo, es decir, experimentar las sensaciones físicas que ello provoca en nosotros.

Posteriormente, un paso también importante será tener sensaciones a cerca de nuestras propias sensaciones. Ello tendrá el objetivo de que determinada conducta se repita, como por ejemplo comer. Cuando experimentamos la sensación física de hambre, el siguiente paso lógico será tener una sensación al respecto de esa sensación física, por ejemplo desagradable.  Sólo así nos moveremos hacia conseguir comida. Además añadimos más sensaciones, ya que al comer algo que está bueno, desarrollamos también la sensación de gustoso, agradable, etc.; que aumentará la probabilidad de comer en un futuro cuando experimentemos la sensación de hambre.

¿Es posible que construyamos nuestras emociones?

Si os fijáis en el ejemplo anterior, es algo que hacemos casi automáticamente. Aunque, si nos tomamos un tiempo para diseccionarlo, se puede ver toda una cadena donde interpretamos, conceptualizamos y conectamos sensaciones físicas a determinados estímulos, recordando experiencias pasadas y estímulos anteriores parecidos. También imaginamos diferentes posibilidades y probabilidades, generando diferentes emociones al respecto.

Las emociones parece que aparecen así de la nada, pero siempre hay un proceso, por rápido y automático que parezca, de construcción y de creación de la emoción. Para generar una emoción nuestro cerebro tira de experiencias y asociaciones pasadas, de conceptos e incluso de la probabilidad. Como tal, por lo tanto, el miedo también es algo que creamos. Asociamos sensaciones físicas a estímulos, generamos etiquetas y conceptos, establecemos relaciones a veces erróneas de causa-efecto (cuando en ocasiones sólo hay correlación), recordamos experiencias pasadas similares y predecimos en base ellas. Por supuesto también imaginamos miles de posibilidades cada cual peor y más catastrófica.

¿Podemos ser conscientes de ese proceso de construcción?

Si nos paramos a escuchar, generalmente no estamos reaccionando a la situación, si no que reaccionamos a la interpretación de  la situación, a la construcción que hemos hecho. La situación simplemente ES, y si nos paramos a describirla, sin juzgarla, sin atender de momento a toda esa construcción que hemos realizado, la intensidad del miedo se reduce considerablemente, así como la sensación de parálisis, bloqueo o ganas de huir. Si intentamos ver aquello a lo que estamos reaccionando en términos descriptivos y analizamos qué es lo que requiere esa situación de mí, todo es mucho más sencillo.

Lo que el miedo nos quiere decir

El miedo que no responde a un peligro real para la supervivencia, simplemente me está informando de varios aspectos:

  1. Aquello hacia lo que estoy reaccionando es nuevo y nunca lo he hecho o experimentado, así que quizá requiera de mí unos recursos que creo que no tengo o que, efectivamente, no tengo todavía desarrollados.
  2. Es similar a algo que ya me ha pasado anteriormente y sobre lo que no tengo un buen recuerdo.
  3. Puede tener consecuencias negativas si no se desarrolla efectivamente.
¿Qué hacer ante esto?
  • Primero de todo es ser conscientes de a qué estamos reaccionando, qué mensaje se esconde detrás de mi emoción de miedo. Profundizar en el verdadero origen de mi miedo, hablar con él y escucharlo.
  • En segundo lugar, analizar qué estoy haciendo yo activamente para construir ese miedo intenso a algo que, aparentemente, no es una amenaza para mi supervivencia. Qué lenguaje estoy utilizando, qué asociaciones estoy haciendo y qué etiquetas y conceptos estoy utilizando. Es útil percibir cómo estoy interpretando mis señales físicas y averiguar si habría otra manera de hacerlo. Importante también atender a qué estoy imaginando.
  • Analizar qué recursos requiere de mí esta nueva situación. Si realmente los tengo, no hay de qué preocuparse. Por el contrario, si no los tengo, siempre puedo ponerme a trabajar para desarrollarlos.
  • Diseccionar aquello ante lo que estamos reaccionando en partes pequeñas y empezar a trabajar en aquella parte que menos miedo me genera. Ir andando pasos medibles, pequeños y lo más seguros posible. De esta manera iremos ganando confianza y recursos que nos permitirán ir avanzando.
  • Reflexionar sobre qué expectativas, presiones y exigencias me estoy autoimponiendo. A veces queremos que algo salga perfecto desde el primer momento o queremos resultados rápidos, tener todos los recursos ya adquiridos. Rebajar todo esto hace que sea mucho más fácil emprender la tarea.
  • ¿Quizá estoy asociando la no consecución de mi objetivo con el fracaso? Si es así, trabajar en qué aspectos puedo yo hacer activamente para aumentar la probabilidad de que mi objetivo sea llevado a cabo. Trabajar en aquello que si depende de ti. Recuerda que cuando algo no sale como esperábamos, no es una derrota. Siempre hay un aprendizaje detrás.
  • Si, efectivamente, la no consecución de un objetivo o meta puede llevar a consecuencias negativas, está bien tenerlas en cuenta y revisar qué opciones puedo tener en caso de que no consiga mi objetivo. ¿Es esa consecuencia tan grave como para no poder solucionarse si hago algo activamente? Si la respuesta es “no, no es tan grave. Tengo opciones.”, entonces vale la pena seguir adelante. Pero ¡cuidado!, si la respuesta es “sí, es grave y además no depende sólo de lo que yo pueda hacer.”, quizá sea un buen momento para replantear el objetivo, quizá no para abandonar, pero sí para re elaborarlo de una manera más ecológica, reduciendo las consecuencias negativas.
¿Puede el miedo ayudarnos?

Recordemos que el miedo es sabio y hace un gran trabajo: nos avisa de todo aquello que podría salir mal, no para que nos bloqueemos sino para que investiguemos, analicemos, describamos, creemos alternativas, inventemos, actuemos, prevengamos, desarrollemos nuevas aptitudes y actitudes y, sobre todo, para que crezcamos como personas.

El miedo sólo quiere ayudarnos a activarnos y tomar la mejor decisión posible para nosotros. Dicen que todo lo que siempre hemos querido está al otro lado del miedo. Cuando algo es importante para nosotros, ¡claro que aparece el miedo! Hagámosle nuestro amigo, nuestro aliado y pepito grillo, pero no le demos más peso del que realmente tiene. Al miedo, como buen especialista en riesgos, le gusta ser tremendista y catastrófico, es experto en generar miles de posibilidades nefastas. Está bien, quedémonos con aquello que nos es útil, con lo que tiene mayores probabilidades de ocurrir y a partir de ahí preguntémonos: “¿Qué puedo hacer yo activamente para reducir mi miedo?”.

¿Se debe eliminar el miedo?

Si os dais cuenta, en ningún caso hablamos de eliminar el miedo, sino de reducirlo hasta tal punto que me permita seguir caminando hacia lo que es importante para mí. NUNCA debemos eliminar el miedo, es un buen consejero, pero sí es interesante y necesario aprender a modularlo, convivir con él y, como buen consejero, quedarnos con aquello que nos sirve y desechar lo que no.

Como dijo Nelson Mandela “la persona valiente no es aquella que no tiene miedo, sino la que consigue conquistarlo”. Me gusta mucho la frase “hazlo, y si te da miedo hazlo con miedo”, aunque yo puntualizaría que si tienes miedo de hacer algo que es importante para ti, primero para, escucha, deconstruye, construye, reconduce y empieza por el primer y más pequeño paso posible. Seguramente si es importante lo harás con miedo, pero con uno manejable.

¿Te atreves a emocionARTE?

 

El perdón. ¿Qué ocurre cuando nos aceptamos?

El perdón es un regalo silencioso que dejas en el umbral de la puerta de aquellos que te hicieron daño”.

Robert Enright

El perdón, ese acto tan difícil de llevar a cabo, al que tanto respeto le tenemos y que genera tantas preguntas y reticencias. ¿Por qué nos cuesta tanto perdonar y perdonarnos? Es difícil porque dentro de ese “simple” acto, entran en juego muchas variables, como el ego, el miedo, las exigencias, las auoexigencias, el contexto, el estado de ánimo, las expectativas, la necesidad de tener control sobre el otro y sobre el mundo y una serie de creencias instauradas sobre cómo debería el otro, yo mismo y el mundo.

Es complicado perdonar cuando nos han herido o perdonarnos cuando nos juzgamos y estamos seguros de haber hecho algo irremediablemente dañino. Cuántas veces en terapia he escuchado esto de: “es que no se merece que le perdone”, “es que yo no quiero olvidarme de lo que hizo” o “¿para qué perdonarle, para que se sienta mejor?”. El general, existe la creencia de que cuando perdonamos, lo hacemos para que el otro se sienta mejor, para liberarlo. Sin embargo, el perdón no tiene que ver con que el otro se sienta mejor, sino que es un verdadero acto de amor propio, de autocuidado, de decidir de dejar de vivir en el pasado, de soltar peso y liberarnos. Perdonamos para sentirnos mejor y no por el otro.

Leer más

Esta web utiliza cookies para ofrecerte una mejor navegación más información

ACEPTAR
Aviso de cookies