¿Nos desapegamos del apego?
“Si miramos el objeto de nuestro apego con una simplicidad nueva, comprenderemos que no es ese objeto lo que nos hace sufrir, sino el modo en que nos aferramos a él”.
Matthieu Ricard
¿Acaso el apego no es necesario? Evidentemente que sí. Necesitamos el apego para vincularnos con otros, para desarrollarnos como personas en nuestras primeras etapas de la vida. Desde la teoría del apego se define como ese vínculo afectivo intenso que nos permite buscar al otro sobre todo en los momentos de amenaza, ya que nos proporciona seguridad y protección. El primer apego surge con nuestras figuras de referencias (madre, padre o la persona o personas que realicen las funciones de cuidado), y es necesario para crear una imagen mental de cómo es el mundo, construir nuestra identidad, autoimagen y nuestras relaciones con los otros.
Desde esta perspectiva, el apego es totalmente necesario para conformarnos como seres humanos. De cómo se haya construido dependerán cosas tan básicas y primordiales para nuestra vida como nuestro concepto de identidad, nuestra autoestima, nuestro autoconcepto, las creencias acerca del mundo y de los otros y nuestro patrón de relaciones afectivas, entre otros. Aún así, afortunadamente, no es algo inmodificable y que nos condiciones de por vida, ya que con seguridad, será algo que iremos modificando a lo largo de nuestra vida, gracias a nuestras experiencias personales, a nuevas relaciones y formas de ver y entender el mudo, o bien a través del trabajo de cambiar creencias y hábitos que no nos benefician.
Pero no es este apego el que hoy cuestionamos. El apego del que vamos a hablar hoy consiste en pensar que la figura a la que nos apegamos (ya sea un objeto, una situación o una persona) va a estar siempre, que nos va a hacer felices, que nos va a dar seguridad y que su mera presencia da sentido a nuestras vidas. Cuántas creencias mal aprendidas y distorsionadas en un solo concepto. Como hemos dicho anteriormente, vincularse afectivamente con algo o con alguien, es positivo, nos ayuda a poder relacionarnos y a buscar las relaciones, pero otra cosa muy diferente es creer firmemente que necesitamos tal objeto o tal persona para vivir, para construir nuestra felicidad y que sin su presencia, dejo de ser valioso, mi vida deja de tener sentido.
Es muy frecuente que confundamos el amor con el apego. El apego supone aferrarse al otro, depender del otro para ser felices, se basa en el miedo a perder, en la inseguridad y, esto, genera dolor y sufrimiento. El apego es egoísta, si el apego pudiese hablar diría algo como: “como yo te quiero tú tienes la obligación de quererME y de hacerME feliz”. En el apego yo soy el centro del universo, sin importar si el otro es feliz o no, si quiere estar ahí o no, es miedo y angustia. Sin embargo el amor es algo muy diferente. El amor auténtico se basa en la libertad y el respeto, en elegir conscientemente dónde y con quién quiero estar, se basa en dejar ir las expectativas y las exigencias hacia el otro para conmigo. Al contrario que en apego, si el amor pudiese hablar diría algo como: “te quiero, y como te quiero, quiero que seas feliz. Si lo eres conmigo perfecto y si no, te dejo ir y te deseo lo mejor, porque lo que quiero es que seas feliz”. El amor es elección, es fluir, es nutrir, es agradecer, es espacio, mientras que el apego es asfixia, inseguridad, exigencia y miedo.
La diferencia principal es que las personas que se mueven desde el apego, se ven a si mismas incompletas, piensan que necesitan alguien que les llene, y por lo tanto, cargan sin querer a la otra persona, de la responsabilidad de hacerles feliz y completarlas. Sin embargo, una persona que se relaciona desde el amor, se percibe completa, satisfecha consigo misma y feliz y no espera que el otro le complete. Además, valorará esas cualidades también en la otra persona, nutriéndose mutuamente y creciendo.
Qué importante es aprender a relacionarnos desde la afectividad y no desde el apego y qué difícil es llegar a ese punto. Para ello hay varias cosas que uno puede hacer. La más importante y el punto de partida, será el darse cuenta o reconocer que hay algo en mi forma de relacionarme con el otro que me genera sufrimiento, insatisfacción, que no consigo encontrar esa seguridad y estabilidad que aparentemente el otro me va a dar. Una vez identificado esto, es conveniente ponerse manos a la obra en el camino de encuentro con nosotros mismos y con nuestro bienestar y paz interior.
¿Cómo podemos hacerlo? Es interesante siempre ver cómo está nuestra autoestima. Aprender a valorarnos por nosotros mismos, aceptarnos y encontrar satisfacción y placer en nosotros mismos. Si aprendemos a querernos a nosotros mismos, primero, no buscaremos siempre esa aprobación en los demás y, segundo, podremos querer más sanamente. Otro punto a trabajar y muy relacionado con la autoestima, es el de reconciliarse con la soledad, aprender a disfrutar de nosotros mismos, realizar actividades en soledad y disfrutarlas. ¿Por qué es esto esencial? porque si aprendo a disfrutar conmigo mismo sin necesitar a nadie más, ya no voy a permitir que cualquier persona entre en mi vida y se reducirán también la inseguridad y el miedo a perder. Ganaremos en independencia y libertad y, al sentirnos de ese modo, también aceptaremos que el otro se sienta de la misma manera, sin exigencias por nuestra parte de llenar ningún tipo de necesidad.
Será necesario también, cambiar la creencia de que si algo acaba, perdemos. La vida son ciclos y etapas y, en esos ciclos y etapas, hay personas que entran y salen de nuestra vida. Aparecen personas que se quedan más tiempo o incluso toda la vida y otras que están el tiempo que tienen que estar para enseñarnos lo que han venido a enseñarnos sobre nosotros mismos. En mi caso, cuando entendí esto, fue mágico. Me liberé de un gran peso, dejé de aferrarme a las cosas y a las personas, pensando que van a estar ahí siempre para mí. Empecé a pensar que lo que viniera estaba bien, porque era lo que yo necesitaba para mi desarrollo personal, para mi mejora constante. Es necesario transformar esa creencia de pérdida en agradecimiento, agradeciendo todo lo que esa figura me ha aportado y todo lo vivido. Incluso es necesario soltar determinadas cosas (objetos, situaciones, personas) para que otras nuevas puedan venir. Además cuando dejamos de vincularnos con algo o alguien no podemos decir literalmente que perdemos, ya que no puedes perder lo que no has tenido. En todo caso, dejarías de ganar, que no es para nada lo mismo.
Voy a poneros un ejemplo muy tonto para ilustrar esto: Imaginaros que tengo una bolsa en la que cada día entra dinero, genial ¿verdad?. Me encanta mi bolsa y no me quiero desvincular de lo que hay dentro, dinero. Un día, puede ser que haya pasado progresivamente o que pase de repente, deja de entrar dinero. Es una pena y tengo que guardar un tiempo para procesar que ya no entra dinero, pero ¿verdad que yo no he perdido el dinero que ya estaba? Ese dinero es para mí y ya nadie me lo quita, sólo que de esa bolsa ya no va a salir más. La bolsa no se queda vacía, a pesar de que ese vínculo ya no exista.
Como yo lo veo, el concepto perder deja un vacío en nosotros, mientras que cuando dejamos de ganar, no hay vacío posible. Lo que tengo lo tengo y eso es para mí y para siempre, sólo que no irá a más. Es muy importante cómo interpretamos las cosas, qué etiquetas les ponemos, ya que en función de ellas, será más o menos doloroso. Si soy capaz de agradecer lo vivido y aprendido, si soy capaz de ver todo lo que he ganado de esa relación, deja de ser tan doloroso, para transformarse incluso en un proceso positivo. ¿Esto quiere decir que no es válido entristecerse? Por supuesto que es válido. Me permitiré sentir la tristeza de que ese vínculo ya no existe en el presente , pero estoy segura de que esa tristeza será mucho más llevadera y transformable en algo positivo para nuestro camino.
En definitiva, es necesario aprender a vincularse sanamente. Aprendamos a vincularnos como seres completos, que buscan personas para que sumen a su vida y no para que completen y satisfagan necesidades que sólo uno mismo puede satisfacer. Aprendamos a vincularnos desde la seguridad y el crecimiento, desde el nutrirnos unos a otros, sin exigencias y con libertad de seguir siendo nosotros mismos. Aprendamos a vincularnos desde el aprendizaje que supone ese vínculo en mi vida, sin el miedo a perder, sabiendo que pase lo que pase, siempre me voy a llevar aspectos positivos de algo. Aprendamos a vincularnos desde el agradecimiento, acogiendo lo que viene pero también dejando ir lo que ya no tiene cabida, para que así, lo que ha de venir venga. Aprendamos a fluir con la vida como un río, adaptándose a lo que la vida le pone delante. Dejemos, en definitiva, que la vida sea.



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